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Sunday, April 21, 2013

LADRONES DE RELOJES

Foto: Conrado - Archivo General de la Nación

Se robaban los relojes.  ¿Quiénes?  Ya los vemos.  ¿Dónde?  Por ahí.  No importa.  ¿Cuándo?  En los tiempos de La Era.  ¿Cómo?  Sin duda los guardias les sacaron la información sin mucha dificultad.  ¿Por qué?  Al mirar sus rostros la respuesta es  clara.   Hambre.  Necesidad.  Falta de educación. Pero no.  No es posible. En La Era no existía hambre, ni necesidad, ni ignorancia.  Oh no.  No había ladrones.  Se dormía con las ventanas abiertas y las puertas sin cerrojos.  El Jefe llenaba todas la barrigas.  El Jefe daba educación a todos.  Sus mejores amigos eran los hombres de trabajo.  

Pero tengo preguntas aún más urgentes.  ¿Vivieron para contarlo?  ¿Sobrevivirían la paliza que indudablemente les esperaba?  Los correazos y las patadas hasta orinarse.  Los labios partidos, los ojos hinchados.  ¿Están vivos aún?  ¿Se convertiría alguno de ellos en cómplice de la dictadura?  ¿Lo vi alguna vez pasar por mi casa, con su sombrerito y sus gafas oscuras, manejando un Volkswagen?  ¿Me sonrió despectivamente tratando de amedrentarme?  

Prefiero imaginar que sus destinos fueron más apacibles, aunque lo dudo.  Prefiero pensar que robaban relojes porque deseaban parar el tiempo.  Querían detener el tic-tac malévolo que nos arrastraba en aquella  noche constante que se embozaba en una capa de cielo azul y sol brillante.  O quizás querían acelerar las horas hasta que el caos nos destruyera de una vez por todas. 

Sí.  Esa es la explicación.  Esos ladrones de relojes sólo deseaban cambiar los tiempos.  


Tuesday, May 31, 2011

AL ACECHO










Sombrero de ala corta, saco y corbata, gafas de sol con lentes de espejo, un bulto en la cintura dando a entender, "vengo armao". Cara de pocos amigos. Forma de caminar que indica, "ponte en tu sitio, pendejo, cuando yo paso, tú tiemblas".

Vehículos alemanes, los mismos que Hitler patrocinó para complacer al vulgo, "die Volks", con un "Wagen" y que los dominicanos, con tanta chispa como los berlineses que a puertas cerradas se burlaban del Tercer Reich, denominaron "cepillos" porque por donde pasaban dejaban el limpio.

No había palique en la esquina ni bebedera de cerveza en el colmado que no se terminara cuando se oía el run-rún de aquellos motores que eran la coda de nuestro concierto de terror.


Calles vacías. Puertas cerradas. Aldabas, seguros, picaportes, pestillos, en percusión unísona y sincopada. La cacofonía del miedo.



De dos en dos acechaban. En el colegio, en la iglesia, al salir del cine. No había escape. El teléfono obviamente interferido. Yo, al teléfono con una u otra de las tías, "Dice Mamy que tiene una receta nueva", contraseña de que había alguna noticia interesante que por lo general terminaba siendo sólo un rumor. El Valium se puso de moda. Cómo no, si de alguna manera había que conciliar el sueño.



A más de cincuenta años, cuando sentimos que podemos hacer y decir lo que nos dé la gana, rememorar esta etapa es como rascar una cicatriz que no ha sanado completamente. Es un puño en el estómago, una garra en la garganta. Y mi temor es que los de ahora no van a entender, no van a creer y volverán a caer en algo tan o más funesto de lo que fuera La Era.

Thursday, July 9, 2009

EN LA TIERRA DEL YO NO SE

Rubén, Ruthie, Mercedes Carmen, Andresito, Mingo

¿Cómo te llamas? Mercedes Carmen
¿Dónde vives? En la Calle Santomé entre El Conde y la Arzobispo Nouel.
¿Cuántos años tienes? Seis
¿Cómo se llama tu abuelo? Bienvenido Lora
¿Quién viene a visitar a tu casa? Yo no sé.
¿De qué hablan en tu casa? Yo no sé.
¿Dónde van tus tías a visitar? Yo no sé
¿Quién se queda a dormir en tu casa? Yo no sé.


Era una instrucción militar la que nos habían dado a mis primos Andrés y José Domingo y a mi. Los prisioneros de guerra sólo dan su nombre, rango y número de serie. Los niños de La Era vivíamos en un bellísimo y tropical campo de concentración. Las conversaciones, mayormente susurradas, cesaban repentinamente cuando aparecía una de las trabajadoras. En esos años Doña María Trujillo tuvo la brillante idea de formar una escuela para doncellas donde se les indoctrinaba para trabajar como espías del régimen, copia fiel de los grupos formados por los Nazis en los años 30.

Era no saber sabiendo. No éramos tontos. Sentíamos que había un trasfondo de miedo cuando las tías se escondían dentro del armario para oir el radio de onda corta. Notábamos los rezongos a media voz de los mayores cuando escuchaban las alabanzas al régimen en el radio o cuando leían los insultos que aparecían en el períodico, en el odiado Foro Público. Pero aún así, lo niños de La Era no sabíamos nada aunque estuviéramos enterados de todo.

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INVITACION AL RECUERDO

Los dominicanos que nacimos entre 1930 y 1961 nacimos en La Era. Los que nacimos en La Era aprendimos desde la cuna a hablar poco y callar todo. Los que nacimos en La Era sabíamos por ósmosis que vivíamos en el terror. Lo sabíamos aunque nadie nos lo explicara. Los que nacimos en La Era recordamos tiempos tan apacibles que tenían que ser un mito. Y así era. Debajo de esa engañosa tranquilidad había un tumulto de horrores y temor que lo empañaba todo. Y aún así vivimos una niñez dorada... ESTE ES EL SITIO PARA RECORDAR...

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