Tuesday, April 30, 2013

SINCRETISMO

Pues yo diría que por qué no.  Si los conquistadores siempre construyen sus templos sobre los templos de los conquistados.  Si los hombres probos desaparecen del escenario ya sea por fuerza o por temor.  Si esperamos y deseamos que un jefe máximo -un dios- nos resuelva todos los problemas.

Entonces no queda más remedio que prenderle una vela al mismo demonio y contar con los resultados.  El Jefe nos regalará una casa,  nos mandará a la escuela, nos dará empleo y cuando tengamos hijos seremos compadres porque El Jefe será el padrino.  Prendemos la vela.  Cerramos los ojos.  Nos arrodillamos y le rogamos al Jefe que nos cuide y nos proteja.  Después le rogamos a San Rafael que proteja al Jefe.  Con El Jefe lo tenemos todo y no le tememos a nada.  Por eso lo veneramos. 

Fuimos un pueblo conquistado, humillado, vejado, violado, donde 'ellos', los de La Era, construyeron su gran vida sobre los cimientos de nuestras costillas.  
Un pueblo que cerraba los ojos y se tapaba los oídos tratando sin éxito de ni ver la blasfemia, ni oir el grito de "Viva el Jefe" del que no podíamos escapar.  


Sunday, April 21, 2013

LADRONES DE RELOJES

Foto: Conrado - Archivo General de la Nación

Se robaban los relojes.  ¿Quiénes?  Ya los vemos.  ¿Dónde?  Por ahí.  No importa.  ¿Cuándo?  En los tiempos de La Era.  ¿Cómo?  Sin duda los guardias les sacaron la información sin mucha dificultad.  ¿Por qué?  Al mirar sus rostros la respuesta es  clara.   Hambre.  Necesidad.  Falta de educación. Pero no.  No es posible. En La Era no existía hambre, ni necesidad, ni ignorancia.  Oh no.  No había ladrones.  Se dormía con las ventanas abiertas y las puertas sin cerrojos.  El Jefe llenaba todas la barrigas.  El Jefe daba educación a todos.  Sus mejores amigos eran los hombres de trabajo.  

Pero tengo preguntas aún más urgentes.  ¿Vivieron para contarlo?  ¿Sobrevivirían la paliza que indudablemente les esperaba?  Los correazos y las patadas hasta orinarse.  Los labios partidos, los ojos hinchados.  ¿Están vivos aún?  ¿Se convertiría alguno de ellos en cómplice de la dictadura?  ¿Lo vi alguna vez pasar por mi casa, con su sombrerito y sus gafas oscuras, manejando un Volkswagen?  ¿Me sonrió despectivamente tratando de amedrentarme?  

Prefiero imaginar que sus destinos fueron más apacibles, aunque lo dudo.  Prefiero pensar que robaban relojes porque deseaban parar el tiempo.  Querían detener el tic-tac malévolo que nos arrastraba en aquella  noche constante que se embozaba en una capa de cielo azul y sol brillante.  O quizás querían acelerar las horas hasta que el caos nos destruyera de una vez por todas. 

Sí.  Esa es la explicación.  Esos ladrones de relojes sólo deseaban cambiar los tiempos.  


Monday, December 10, 2012

NAVIDAD NEGRA

Diciembre de 1960.  ¿Lo recuerdas?  ¿Recuerdas lo que sucedió en noviembre de ese año?  ¿Cómo celebrar la navidad mientras tantos sufrían?  Ese fue el año del arbolito sin luces.  Y el año en que de alguna manera los Reyes Magos se olvidaron de mí.  La distracción de mi madre no es sorpresa ahora, aunque dolió en su momento.  Y gracias a los tíos y los abuelos pude desenvolver y agradecer regalos el 6 de enero. 

La voz de mi abuela levantando la copa de sidra, porque para Champán no había, y brindando truculentamente, "Los judíos dicen, 'El próximo año en Jerusalén', yo digo, ¡El próximo año sin este hombre!"



Qué bien recuerdo las miradas y los murmullos de  sus ocho hijos, con sus cónyuges y  sus niños, sentados alrededor de la gran mesa de madera rústica del comedor de atrás.  ¡Mamá! murmuraron al unísono.

Pues claro, porque en aquellos tiempos las paredes escuchaban y reportaban.  Realmente no recuerdo si hubo fiestas, si hubo bailes, o muchas luces en El Conde.  El Santicló de La Margarita posiblemente rió a carcajadas, pero no lo ví.  Lo que sí recuerdo es que había una pesadumbre, una niebla gris de pena y de humillación que azotaba a pesar de la dulce brisa navideña.  ¿Las Arandelas?  ¿El Martiniqueño?  ¿El perico ripiao?  No los recuerdo.  Lo que sí recuerdo es que un mes antes, unos carniceros habían martirizado a tres hermanas indefensas y su chofer y el pueblo tenía luto.  De vez en cuando se oía alguna que otra bomba.  Fútil resistencia ante un régimen encarnecido.  Las calles se veían vacías.  Era peligroso salir por la noches; los agentes del SIM tenían amplia potestad para detener a cualquiera y desaparecerlo.  Una sociedad aterrorizada, al desnudo, sin fuerzas ni armas para sublevarse.  

Recuerdo el arbolito en mi casa, puesto a duras penas porque mi hermanito acababa de cumplir dos años y debía tener su recuerdo de Navidad.  Pero Mamy no prendió las luces.  Otra tímida  demonstración de resistencia pacífica.  Y los regalos fueron pocos.  Y todo se envolvió en aquella miasma desesperante.  Nadie podía imaginarse en ese momento lleno de fatalidad, durante aquella Navidad vacía y siniestra, que exactamente doce meses después estuviéramos cantando un nuevo merengue que nada tenía que ver con las insensibles alabanzas anteriores: "Navidad con Libertad".

Saturday, October 6, 2012

"Estos Eran Los Palacios"

Me han pedido que sea menos melancólica en lo que escribo.  Que recuerde los lugares y momentos felices de mi niñez.  Que hable de los cines, las tiendas, las fiestas de aquellos años.  Aunque lo intento frecuen- temente y aunque soy una persona alegre y chistosa en la cotidianeidad, no parece ser mi estilo al describir esos primeros trece años de mi existencia.

"Había una vez una niña feliz que vivía en una ciudad besada por el sol y acariciada por el mar".  Muy feliz.  En las tardes invernales las golondrinas revoloteaban alrededor del balcón de los abuelos; sí como en las rimas de Gustavo Adolfo.  

En las mañanas estivales, durante las vacaciones y antes de que me embalaran para los cafetales de Villa Trina, los paseos en coche con las primas de Santiago, los días "de sal y de sol" del Puerto Plata de Juan Lockward, o el campamento de verano de Herrera, mis primos y yo nos íbamos a dar caminatas con el abuelo quien, al llegar a "La bolita de la Feria", desde la Santomé, que conste, vestido de saco y corbata y con el Borsalino que nunca dejó de usar, nos compraba a cada uno un guineo.  Y volvíamos de vuelta a la Santomé, sudorosos, sedientos, "quemados como camarones" decía la abuela.  A bañarnos, a comer y luego la siesta mientras se escuchaba música clásica en el radio gracias a la Farmacia Mella.  Por las noches  de vez en cuando entraba algún murciélago por los tragaluces, se armaba la corredera, los chillidos,  hasta que uno de los tíos, que me lucian más valientes y buenos mozos que los héroes medievales de Sir Walter Scott, lo atrapaba y, para nuestro encanto, lo hacía fumar para después soltarlo y verlo alejarse volando hasta el gran árbol de mamones detrás de la casa. 

 Había tardes especiales cuando la abuela Carmelita y yo, solamente yo, la preferida, la especial, yo, la que no se cansaba de escuchar sus añoranzas --"Yo vivía en San Juan, en la Calle Fortaleza esquina Calle del Cristo y mi patio era el mar".  Yo, la que anhelaba su compañía, la elegida, sentada en las ruinas del Alcázar, en las piedras de San Miguel, bajo los arcos del Convento, escuchando las historias de su familia o los escritos de Alan Kardec.  De sus lecturas recordadas de la Revolución Francesa se pasaba fácilmente al hundimiento del Titanic, a la muerte accidental de Isadora Duncan, a una historia bíblica o a un párrafo de Vargas Vila-- "El águila no sabe lo que el pantano siente".   Con su voz apacible que nunca abandonó totalmente el dejo de su patria de origen, hablaba de la Conquista, de los virreyes, del oro y la plata, de la abundancia y de la codicia, de las alegrías del amor y de las desventuras de la vida.  Tema sobre tema, historia y cuento, leyenda y mito.  Su filosofía personal que se fue convirtiendo en la mía.

Otras tardes, cuando las cosas no iban bien, cuando se notaba la pesadez de alguna dificultad, de alguna obstrucción al bienestar de su familia, agarrada de manos conmigo hasta Güibia, donde, con aplomo lanzaba una botella al mar.  En ella iba una carta, un ruego, o tal vez una lista de las circunstacias que la abrumaban.  Nunca pregunté.  No lo hicimos muchas veces pero sí lo suficiente para que yo, a temprana edad, entendiera que era importante hacerlo con fé y que la solución vendría.  Bendita abuela que me enseñó que hasta las flores secas tienen su encanto.  

Era linda y limpia mi ciudad, tranquila y hasta podría decir serena, pero eso ya lo he dicho yo y lo dicen todos los que la conocieron y hasta muchos que todavía no habían nacido porque esa imagen se ha convertido en parte de nuestra memoria colectiva.  Los maniseros con sus latas y sus brasas chisporroteantes; un puñadito de maní caliente servido en un cucurucho de papel que año a año se hacía más pequeño.  El amolador de tijeras y cuchillos soplando notas con su flauta de Pan y empujando la gran piedra redonda y chata.  El atesador de bastidores que tenía que venir a menudo porque los chiquillos brincábamos en las camas como trampolines.  "¡A---tesador!".  El hombre de los paquitos y revistas, cambiando dos usados por uno nuevo mas dos cheles.  El paletero cantando, "¡Chicle Pollito, menta, Hollywood, Crema!".  Los Chicles Pollito eran más caros pero traían premios que yo atesoraba. La marchanta de flores con sus azucenas olorosas a Primera Comunión, una gran lata llena de agua y flores balanceada en la cabeza.  Me maravilla pensar lo pesada que es el agua y cómo esas doñas caminaban toda la ciudad, desde las cuestas hasta el mar, en el calor tropical, para ganarse el sustento.    Los vendedores de dulces, besitos de coco, alegrías, bolitas, coconetes, suspiros, canquiñas amelcochadas o azucaradas.  El señor que traía la miel de abeja en el panal, las velas hechas a mano y las botellas de cera para dar brillo a los muebles.  Una que otra  vez, comiendo del panal, masticaba una abeja ahogada en su dulzura. ¡Horror!  El carbonero con su carro polvoriento y su jamelgo al que se le podían contar las costillas.   Teníamos estufa eléctrica y luego de gas, pero siempre se usó anafe, sobre todo para el sancocho.  Modernidad y tradición viviendo bajo el mismo techo.

¿Ya?  ¿Es suficiente?  ¿Habré cumplido con la petición?  No quiero aburrir.  Pero fíjate que se me olvidó hablar de tiendas o de restaurantes o de fiestas.  

Tuesday, June 19, 2012

UN SABADO CUALQUIERA

Un sábado cualquiera.  Poco tiempo después de mudarnos a Gazcue, suena el timbre de la puerta.  "Doña, la buscan".  Acompañada de dos guardias entra una mujercita cuya mejor descripción sería la de gallina semidesplumada.  Sandalias de tacón, canillas, arrugas, peluza rizada y teñida de un color rucio que le haría competencia a la arena de mi playa favorita en Puerto Plata.  La "dama" explica con mucho gesto que viene a llevarse las lámparas porque son de ella. 


--¿Las lámparas?  ¿Las de mi sala y mi comedor?


 --Sí, esas mismas, son mías, que me las regalaron los que vivían aquí anteriormente. 


 --Pues pase y lléveselas.  


Los guardias se encaraman en sillas -ni ocurrírseles traer escalera- y desmontan las dos lámparas colgantes.  Como despedida, la mujercita señala:  


--Aquí falta el retrato del Jefe.


Al caer la tarde vuelve Papy.  Mamy le cuenta lo sucedido.


--No te preocupes, ahora vamos a la Curacao y compramos otras.   


--Sí, responde ella, pero no muy caras, por si vuelve.  Oh, y también un retrato del hombre.


Un sábado cualquiera durante La Era.


p.d. La mujercita era Nieves Luisa - hermana del "Jefe".



Saturday, June 16, 2012

COMO FUE Y COMO ES

Cuchicheo a puertas cerradas.  Palabras oídas al azar.  "Niña, por Dios, ve a jugar con tus muñecas, que esta conversación es de gente grande".  A los once años todavía jugaba con muñecas.  ¿Lo hace alguna niña de hoy?  A los once años, entre juegos y muñecas y libros, siempre libros, muchos libros, sentada en alguna esquina, debajo de la mesa grande y rústica de los abuelos, haciéndome invisible y oyendo, discerniendo, interpretando los susurros, los cuchicheos, las palabras entrecortadas.  


"Y entonces los cortaron, los amarrron, los quemaron, los patearon, los tiraron, los colgaron, les metieron, les entraron, les sacaron..."  Horror, horror, horror, electricidad, pinzas, sillas, clavos, tortura, martirio.  No hay película, por sangrienta que sea, que sobrepase el horror de esas palabras y las imágenes creadas en una imaginación infantil.  


La evidencia apareció después que los de La Era se fueron en el avión donde no cupieron todos sus cómplices.  "Policía, abre el ojo, que tú no cabes en el avión" se gritaba por las calles.  A imitación del nazismo tomaron fotos de sus actos asquerosos.  Brutos.  Ignorantes.  Sanguinarios.  


Pues sí, así fue.  Como se ve en las fotos.  Y peor aún como se veía en la imaginación.  ¿Y cómo es ahora?  ¿Si le preguntamos a un niño de hoy, qué respondería?  ¿Se enseña esta parte de nuestra historia en la escuelas?  ¿Se acuerdan los abuelos de algo de estos años funestos, suficiente para contarlo?  No tengo respuesta.  ¿Alguien la tiene?


Gracias del alma a Pedro Genaro Rodriguez por permitirme usar su magnífica foto.

Sunday, June 10, 2012

NO FUE UN SUEÑO

No, no me lo soñé.  No fue una falsa memoria despertada por Mauricio Babilonia.  Las mariposas amarillas sí venían a la capital y dejaban todo cubierto de un polvillo dorado.  Eran nubes migratorias que ocultaban el cielo.  Los limpiavidrios de los carros las empujaban.  Recuerdo el Mercury color champaña de Papy cubierto de ese oro en polvo y él quejándose de que había que pasarle un trapo.  Ah, hombre dominicano que hasta para lo más sencillo necesitas un trabajador, un sirviente.    Se oían anuncios radiales del servicio civil:  "Poca visibilidad debido a las mariposas".   Como siempre he dicho, la niñez en La Era no fue todo un martirio; fue una niñez dorada y mágica en un país ultra tranquilo, ultra seguro, siempre y cuando no te metieras con "ellos", los inmencionables.  Una pequeña ciudad absolutamente limpia y callada donde  las orugas enormes desnudaban  los árboles bombax  y las plumerias de Gazcue para luego metamorfosear en imponentes mariposas negras.   Y sobre todo las mariposas amarillas esperadas cada año para marcar el final de nuestra brevísima primavera. ¿Cuándo dejaron de migrar?  ¿Quién notó su ausencia durante los años siguientes al final de la dictadura?  ¿Estábamos todos tan ocupados tratando de forjar una patria diferente que no había tiempo para pensar en 'maripositas volando'?  Las nuevas generaciones nunca sabrán de la magia de un aire lleno de oro suspendido.  Probablemente piensen que éste no es más que otro cuento nostálgico.  Pero sí existieron.  Sí volaban de oeste a este dejando a su paso el único oro que no se  llevaron los peninsulares y que no  pudieron explotar "ellos", los de La Era.

Search This Blog

INVITACION AL RECUERDO

Los dominicanos que nacimos entre 1930 y 1961 nacimos en La Era. Los que nacimos en La Era aprendimos desde la cuna a hablar poco y callar todo. Los que nacimos en La Era sabíamos por ósmosis que vivíamos en el terror. Lo sabíamos aunque nadie nos lo explicara. Los que nacimos en La Era recordamos tiempos tan apacibles que tenían que ser un mito. Y así era. Debajo de esa engañosa tranquilidad había un tumulto de horrores y temor que lo empañaba todo. Y aún así vivimos una niñez dorada... ESTE ES EL SITIO PARA RECORDAR...

Followers